Ish-á. Proyecto de Reciprocidad

 

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Reciprocidad, Palabra Luminosa



 

María Del Pilar Alvear García

(Palabras de la maestra María del Pilar Alvear García el 11 de julio de 2013, en Puebla, Universidad UPAEP. Panel de presentación del libro de la doctora Rocío Figueroa Alvear, “¿Pareja dispareja? Hombre y mujer, ¿iguales o diferentes?”)

 

Me encuentro ante ustedes por dos razones: una, porque mi amigo, el doctor Nacho Ruiz Velasco, hizo favor de invitarme generosamente a esta presentación y la otra, porque no soy experta teórica en el tema que nos ocupa… soy experta práctica.

El tema de la reciprocidad es un asunto en el que las mujeres que estamos aquí, las que están allá fuera y las que se pasean por todo nuestro mundo, somos expertas. El mundo no es lo sabemos, ciertamente― un lugar armónico para la relación hombre/mujer. éste ha sido, y es, tantas veces ―desgraciada y arbitrariamente―, un mundo de hombres.

El avance espectacular y justo de la mujer en la vida social ha sido un punto en favor de toda la humanidad, no solo de su sector femenino. Pero también es verdad que, en Occidente, la civilización empieza a resaltar, sobre todo a niveles educativos, las características femeninas como las únicas deseables y fiables, y las características netamente masculinas son tachadas de barbáricas y, por lo tanto, de censurables.

El feminismo radical y el machismo son primos hermanos… por más que traten de ocultarlo.

Y está muy bien escribir y pensar en este asunto tan fundamental de la relación hombre/mujer…, pero nuestras reflexiones solo trascenderán a lo cotidiano, si podemos poner en práctica todo lo que aquí analizamos.

Dos ejemplos pequeños: no hay reciprocidad en nuestras relaciones, si a ustedes, estimados hombres, ni siquiera se les ocurre mirar como interlocutor digno a la señora que está, en una reunión, entre el hombre uno y el hombre dos, cuando ustedes están hablando de política. No hay reciprocidad, si nosotras, estimadas mujeres, ni siquiera pensamos en festejar el día del padre por todo lo alto, tal como lo hacemos con el tan traído y manipulado día de las madres.

A fin de cuentas, son los gestos diminutos los que expresan quiénes somos, cómo pensamos. A fin de cuentas, son los gestos pequeños los que trazan el tejido de mi vida, de tu vida, el gran tapiz que es la vida de todos.

Las reflexiones derivadas de este libro, que ahora presentamos, deben plasmarse en maneras concretas, dignas, armónicas de relacionarnos. Se trata de ser y hacernos un nosotros, hombres y mujeres. Un «nosotros», de verdad.

Conforme leía el libro de Rocío Figueroa me gustaban especialmente dos cosas: escribe de forma académica, cierto, pero también de manera sumamente puntual. Aterriza su pensamiento, y sus palabras ―antes dormidas en un papel―, se vuelven realidad, se despiertan, en formas concretas de reciprocidad. Y esto que pareciera sencillo es algo condenadamente complicado, como bien sabemos todos a quienes nos gusta escribir.

Así pues, bordaré unas palabras en torno a este indispensable y profundo libro, para compartirles algunas ideas que su lectura me inspiró. Me parece que un buen libro ―como es éste― deja siempre descendencia en su camino.

 

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Me encanta la palabra reciprocidad. Es una palabra amiga, es una palabra que rebosa hospitalidad. En ella, cabemos todos.

La Real Academia ―esa señora que todo clarifica―, señala que recíproco significa «igual en la correspondencia de uno a otro»[1]. La palabra «recíproco», pues, no le quita nada a nadie, y a todos enriquece.

Para hablar de la filosofía de la reciprocidad ―ese misterioso y yo, iguales pero diferentes― debemos mirar al otro, reparar en él, estar en posibilidad de acogerlo y, por lo tanto, de aceptarlo. Ver al otro no como un extraño, un extranjero, un ajeno a mí.

Estamos sedientos de bienvenidas. Todos ―alguna vez, en algún lugar, aun bajo nuestra misma piel― somos extranjeros. Todos deseamos llegar a un sitio en el cual descansar para ser, no ya viajeros, sino nosotros mismos; un lugar donde alguien ―el otro, uno mismo― pronuncie con certeza lo irreversible de nuestro nombre. Es el otro, a través de su espíritu de reciprocidad, quien traduce mis balbuceos en palabras, quien me ayuda a encontrar significados; mi propio y esencial significado.

Gracias al otro es que tengo posibilidad plena de saberme yo mismo, porque puedo observarme ―también― a través de sus ojos. Pero no es únicamente esto; la reciprocidad es camino de doble vía, pues es sólo la mirada humana la que está en condición de trascender lo meramente visto para alcanzar, así, lo más extremo de la existencia: apreciarme, apreciarlo.

La reciprocidad es palabra flexible que, en sí misma, acoge la apertura a lo real. A fin de cuentas, ¿por qué hablamos de reciprocidad? ¿No tendría que ser ella el aire natural que respirara el ser humano?

Hablamos, sugerimos, afirmamos la reciprocidad justamente porque no la vivimos, porque nos es extraña en nuestras consideraciones, en nuestras relaciones cotidianas; hablamos, sugerimos, afirmamos la reciprocidad porque estamos locos, porque nuestro pensamiento está desordenado, porque se nos olvida que todos somos la maravilla de la creación.

El feminismo a ultranza y el machismo son expresiones puntuales de la repulsa a lo creado. Es la ideología que encarna la negación a sí mismo y al otro; la repulsa, a fin de cuentas, a mí mismo y al otro. Se trata de contrariar la realidad, para crear una nueva donde se establece lo diverso como extraño, lo diferente como ajeno. Se trata del olvido de aquel primer paraíso, donde el otro era ―también y consecuentemente―, uno mismo.

La falta de reciprocidad en nuestras relaciones con los otros ―especialmente el distanciamiento con el otro sexo― permea de tal manera nuestra piel que tomamos la supuesta inferioridad del otro como parámetro de convivencia y, con ello, cortamos la rama sobre la cual estamos sentados.

De este rechazo a la realidad, afirma Joseph Ratzinger:

Comenzamos a reconocer eso muy palpablemente a un nivel bastante inferior: en la cuestión del medio ambiente, donde se demuestra que el hombre no puede vivir en contra de la tierra, sino de ella. Pero no queremos reconocer que eso vale a todos los niveles de la realidad[2].

Nos falta, pues, una mirada ecológica de lo humano, como «defensa y protección» de la propia naturaleza: hombre/mujer. Y sólo se defiende y protege lo que se ama. ¿Y cómo puede amarse algo? Contemplándolo. Se trata de una súplica esencialmente humana: «Veme para que yo pueda verte; quédate para que yo pueda encontrarte»; el preciso espacio de dos que quieren descubrirse.

Es este «espacio» una exigencia sustancial para esa coincidencia íntima entre personas: un recinto ―a veces sólo una mirada, otras un lugar, en ocasiones una mesa, frecuentemente las palabras― ciertamente obligatorio, pero que trasciende el espacio mismo; se trata, más bien, de hacer posible una pausa para que el hallazgo pueda efectuarse, para que el diálogo penetre los corazones. Esta pausa obligatoria cuenta, en el caso de la reciprocidad, con una cualidad: ser gustosamente amable y, por lo tanto, ser placentera. La felicidad es ser dichoso en relación a. La reciprocidad es el espacio de felicidad de dos, por ser en relación con. La reciprocidad debiera ser, entonces, un recinto privilegiado de alegría.

En las auténticas relaciones recíprocas, el conocimiento se torna en comprensión por el otro y sus anhelos: él también ha sido peregrino, porque él también se ha sabido extranjero. La persona compasiva ha caminado muchos desiertos.

Hablábamos, al principio, de la reciprocidad como palabra que rebosa hospitalidad. El permitir que el otro entre en mi casa ―mi espacio más íntimo―, me hace anfitrión de mi invitado, pero él, al venir, acepta mi irrupción en su vida y se vuelve, por tanto, anfitrión mío. Claridad que, abrazándonos, ilumina de encuentro la existencia de ambos.

Confortarse es consuelo de humanos, el anhelo profundo que permite exclamar: «No sólo te daré cuanto tengo, caminaré más allá y te daré cuanto soy. Y tendremos algo de un valor infinito, porque me tendrás a mí y yo a ti. Te daré y conocerás mi rostro, y me darás y conoceré el tuyo. Yo veré con tus ojos y tú verás con los míos. Y tu corazón y el mío danzarán con el canto más íntimo, un canto sutil y poderoso porque nos llamaremos hermanos».

La reciprocidad es, radicalmente, generosa; es escudo contra el egoísmo que llevamos cosido a la piel. La reciprocidad no «tolera» al extraño; antes bien, lo anima ―porque lo acepta―, a ser lo que es: ser quien mejor es.

Mediante la reciprocidad, la luz irrumpe y rasga la tiniebla de cada uno; las tinieblas de todos. Es sol que salta a borbotones por los ojos, por los oídos, por las manos; aire que se anhela, más allá de los pulmones. La reciprocidad es luz a corazón abierto. Es el abrazo de la humanidad que, al fin, se encuentra.



[1] Real Academia Española, «Diccionario de la Lengua Española», voz recíproco, en: [http://lema.rae.es/drae/?val=rec%C3%ADproco]. Consulta: julio, 2013.

[2] Joseph Ratzinger. «El Dios de los cristianos», Ediciones Sígueme, Salamanca, 2005, p. 46.

24/07/2013