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La Trata: Coacción Más Allá De La Violencia Física



 

Mevia María Carrazza

Es  muy difícil hablar de la Trata cuando, cada vez que se abre este tema a la sociedad, una se encuentra  con masculinidades que teniendo el poder de trabajar para las estructuras de la vida, esgrimen discursos para las estructuras de la muerte.

Habitualmente se sostiene que las mujeres eligen este destino porque “les gusta”; también lo dicen de la mujer  golpeada: “le gusta que le peguen”. Pero quienes hemos tenido que hacernos cargo de esta misión de acompañar a mujeres y varones en situación de alto riesgo sabemos muy bien que no es precisamente lo que sucede con estas mujeres que tienen avasallados sus derechos como persona.

El Congreso Latinoamericano y del Caribe sobre Prostitución dice que hay un porcentaje de mujeres que eligen  prostituirse. Es posible que esto sea así. Pero siempre habrá un historial personal que hace que elija este camino y no otro.

La Trata de personas tiene otros mecanismos y una doble seducción. Existe en quienes hacen el negocio una estrategia, un plan  que incorpora  la trilogía cliente-proxeneta-prostituta  y un juego de cobranza y pago por los servicios, en el que todos quedan entrampados, hipotecados y con muchas dificultades para salir.

A esto se le une la agresión, el destrato, la miseria para unos, la riqueza para otros y la sensación  de  estar siempre ocultos.

La vida pasa con una sumatoria de pequeñas muertes, desabastecida de amor, de emociones, de verdaderos placeres.
Pocos imaginan lo que les pasa a estas mujeres que vienen engañadas, manipuladas a buscar un trabajo. La liberación que sienten al llegar se transforma en una opresión mayor a la que estaban acostumbradas y, aunque ellas decidan no desconocerla como tal -porque puede ser que el proxeneta no le resulte tan malo-, la sociedad  debe entender  que nadie elige   estar en un dolor mayor. Así como en una familia se aspira a  un mayor perfeccionamiento de los hijos-as, así debemos pensarlo para los demás, sobre todo cuando están en situación  de pobreza, de orfandad.

Conocí una mujer que hacía más de veinte años estaba en una red de trata de paraguayos. Llegó a Retiro, miró los carteles  que indicaban destinos y la plata le alcanzó para llegar a Gualeguaychu; subió a un remis y le pidió al remisero que la llevara a una plaza. Era de noche y había un intenso frio de julio. El chofer la llevó a la casa de unos jóvenes estudiantes, donde permaneció escondida con pánico de que  fuera encontrada. A los pocos días se intentó ayudarla desde el CEIM, pero la red vino a buscarla: al poco de llegar, ya estaba en un prostíbulo, consumiendo droga, con el pelo teñido y la vestimenta cambiada. Esta mujer no había perdido ni la opresión ni el pánico ni los patrones que le habían hecho sentir siempre que era un objeto, una cosa, un negocio.

Algunos piensan que porque esta mujer tenía 38 años, su  subordinación era voluntaria, que decidía per se. Esto no es así. En esta mujer había una historia de sometimiento que venía de lejos y de la que no podía escapar.
Ella llegó a la Justicia y fue la propia Justicia quien,  subliminalmente, con tono imperante cuasi molesto, la devolvió a la red, como un pescador devuelve  al pez con sus labios cortados al agua.

Seguramente, para el proxeneta fue un acontecimiento más, que le permitió poner en juego sus códigos. Para la mujer fue una frustración porque no pudo salir de ese entramado con olor a muerte.

La verdadera  revolución en estos temas está dada por la formación de una nueva conciencia pública, donde las mujeres tienen un rol muy importante, son las educadoras de sus  propios hijos y en esa educación entra la sexual. Varones y mujeres deben estar educados para disfrutar en la intimidad, compartiendo una sexualidad aprendida de a dos, elegida de a dos En un marco de respeto y no de abusos, violaciones o malos tratos.

Estos flagelos que sacuden a la humanidad tienen un camino de salida. Poder estar en los zapatos del otro, generar la cultura del trabajo, como un ordenador de la vida. Y sentir que la vida mía y la del otro tienen un fin trascendente.


(*) Mevia María Carraza es Directora y Fundadora de CEIM – Centro de Estudios e Investigación para la Mujer - Gualeguaychú, Entre Ríos, Argentina

Publicado en http://www.gualeguaychuenfoco.com.ar/web/?sector=columna&idnot=29113 

27/11/2012