Ish-á. Proyecto de Reciprocidad

 

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Hombres Y Mujeres: ¿iguales O Diferentes?



 

¿Por qué hablar de las diferencias y las igualdades entre varón y mujer?


El libro "¿Pareja dispareja? Hombre y mujer, ¿iguales o diferentes?" se presentó durante el mes de julio de 2013 en dos ciudades mexicanas. Las universidades UNIVA, de Guadalajara, y UPAEP, de Puebla, fueron el marco justo ára hacerlo. El amplio interés despertado por esta publicación del Proyecto de Reciprocidad Ish-á nos anima en el camino de nuevas investigaciones y aportes. A continuación, ofrecemos las consideraciones generales de la propia autora, Rocío Figueroa Alvear, acerca de la génesis y objetivos del libro.

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Presentación de la autora, doctora Rocío Figueroa Alvear.


Podríamos decir que comenzó como una búsqueda personal. Siempre he sido muy curiosa.  Desde pequeña me fascinaban las diferencias entre las personas y no me asustaba el que era diferente a mi. Entre estas diferencias debo decir que concuerdo con Kierkegaard que señalaba refiriéndose al otro sexo: “definitivamente las amigas mujeres son mucho más interesantes, la amistad con un hombre es más aburrida”. Desde niña hacía amistades con personas del otro sexo y no comprendía cómo podíamos ser tan distintos. Me generaba curiosidad el descubrir un mundo diferente del mío en gustos, intereses, visiones.

 

Soy peruana y nací en Lima en el año ’68. En esos tiempos, en Europa y Estados Unidos se iba consolidando la segunda ola feminista, generando los movimientos más radicales que negaban la naturaleza femenina, la maternidad y proclamaban el derecho de la mujer sobre su propio cuerpo. El aspecto positivo de los diversos feminismos tardó muchos años en llegar a Latinoamérica, donde la promoción de la mujer y la defensa de la igualdad era aún una realidad algo utópica en una sociedad marcadamente machista. Nací y crecí en esa sociedad, pero, curiosamente y gracias a Dios, fui educada por un padre que me promovía al igual que a mis hermanos, y estudié en un colegio de religiosas canadienses “Reina de los ángeles” que ya vislumbraban la importancia de formar mujeres que pudiesen aportar en todas las dimensiones de la sociedad.

 

En la época universitaria, inicié un camino de vocación a la vida consagrada, y me interesaba mucho la reflexión sobre lo propiamente femenino dando una conferencia aquí o allá. Si, las mujeres ya teníamos la oportunidad de realizar estudios universitarios, pero por ejemplo en la Facultad de Filosofía y Teología en Lima apenas éramos 4 o 5 mujeres en un salón de 40 o 50 hombres. En el fondo, era una búsqueda sobre mi propia identidad, y porque para ser sinceros, no me convencía el modelo que planteaba la sociedad peruana en ese entonces con respecto al papel de la mujer. Los limeños somos muy “criollos” y “bromistas”,  pero siempre detrás de esas bromas el machismo se dejaba relucir como visión cultural.

 

El vivir casi quince años en Roma me abrió un nuevo horizonte. Me alegró constatar una igualdad de oportunidades para el hombre y la mujer, una cultura no tan fuertemente machista como la latinoamericana, mujeres con un recorrido tanto en la política como en la ciencia, en el arte, en la vida intelectual y en los distintos ámbitos de la cultura. Me llamaba la atención cómo los hombres tenían un rol más protagónico en su misión de padres y eran un verdadero apoyo para sus esposas. No dejé de percatarme también los problemas que este nuevo modelo había generado: muchas mujeres que tardaban en casarse para poder antes realizarse profesionalmente; muchas parejas sin hijos, pues consideraban que el tenerlos era una carga demasiado difícil de asumir tanto económicamente como a nivel profesional, y familias con apenas un solo hijo criándolo de manera engreída o, muchas veces, con hijos sin una presencia de los padres en el hogar.

 

Estos problemas continúan y no se han resuelto y ahora se presentan también en América Latina. ¿Se vislumbra alguna luz de solución o respuesta? Una alternativa retrógrada sería querer detener la  historia y regresar al modelo anterior donde la mujer era minusvalorada y solo valiosa en cuanto madre que engendra hijos para la humanidad. ¿Estamos acaso entre la espada y la pared de asumir un nuevo modelo que lleve consigo una devaluación de la familia y una visión egocéntrica de la realización femenina?

 

Fui llamada a trabajar en la Santa Sede en el 2006 al Pontificio Consejo para los Laicoscomo responsable de la Sección Mujer. Estos años los valoro y atesoro profundamente. Esta experiencia fue fundamental en la comprensión de la realidad sobre la relación hombre y mujer. Hasta el momento, había sido testigo de la situación latinoamericana e italiana. El contacto con diversas asociaciones católicas de mujeres en todo el mundo me hizo comprender que la problemática variaba de cultura a cultura, en cada sociedad, país o región. En algunos lugares, la mujer no tenía ni los derechos básicos con respecto al hombre. En otros, estaban tratando de salir adelante con una mayor conciencia de su dignidad. En no pocas regiones aún existía un machismo fuerte. Y en los países occidentales había una desilusión frente a los feminismos que no habían respondido ni hecho más felices a las mujeres.

 

Es en este ámbito que conocí a tantos amigos y amigas, intelectuales, estudiosos, responsables de asociaciones que con sus vivencias e ideas fueron enriqueciéndome haciendo que el tema entrara cada vez dentro de mi corazón y mi mente.

 

Intelectuales de la talla de la Dra. Giulia di Nicola y del Dr. Attilio Danese, la Dra. Giorgia Salattielo y Olimpia Tarzia,  se mostraron disponibles para cooperar con nosotros en un comité científico de esta sección concretamente orientados a organizar el Congreso Internacional  “Mujer y varón, el humanum en su totalidad”. El título quería evidenciar que una auténtica promoción de la mujer pasaba por una comprensión de lo femenino a partir de una antropología que recupere el valor de la persona y resalte la relacionalidad entre lo femenino y lo masculino, valorando las respectivas características específicas. Participaron más de 260 mujeres líderes de 49 países de los 5 continentes, delegaciones de 40 Conferencias Episcopales, representantes de 28 Movimientos y Nuevas Comunidades Eclesiales, 16 Asociaciones Femeninas Católicas, 9 Institutos Religiosos Femeninos y mujeres líderes  de los distintos campos de la cultura.

 

 

La Dra. Giulia di Nicola y el Dr. Attilio Danese, ambos, intelectuales italianos, socióloga ella y filósofo su marido venían ya desde hace mucho tiempo recorriendo un largo trayecto intelectual y reflexivo sobre la antropología de la reciprocidad desde la filosofía personalista. Su perspectiva me pareció novedosa y atractiva y, al mismo tiempo, percibí un intento serio de dar una respuesta no exhaustiva pero sí profunda sobre la relación del hombre y la mujer. Esta amistad y apoyo fraternal e intelectual siguió como las verdaderas amistades sin fronteras al regresar al Perú donde yo ya había decidido que si bien la vocación consagrada era hermosa, mi comunidad estaba pasando por una crisis profunda ante la cual yo no sentía que Dios me quería ya ahí. ahora leyendo en retrospectiva considero que mi verdadera vocación era laical, una persona llamada a evangelizar desde dentro de la sociedad. Creo que también ha sido muy interesante haber vivido e integrado tanto mi vocación e historia personal con Dios como luego la modalidad de esta llamada que se convirtió en una vocación a compartir mi vida con un compañero y ver en este compañero concreto el rostro de Dios.

 

En México, la UPAEP en Puebla venía trabajando sobre el tema de la promoción de la mujer desde hacía ya varios años. En el ámbito de la Dirección de Pensamiento Humanista a cargo del Dr. Ignacio Ruiz Velasco se creó el Proyecto Mujer con diversas iniciativas y que pasó luego a transformarse en el Proyecto de Complementariedad dando como uno de sus frutos la organización -en el 2011- en el XII Encuentro Internacional de Centros de Cultura el Congreso  “Género y Feminismo en Perspectiva”. Fue un encuentro de diversos intelectuales donde nos comprometimos en la “Carta de Puebla” a  seguir el modelo de la antropología de la reciprocidad. El Dr. Ignacio Ruiz Velasco me invitó a dictar unos meses de clases sobre la antropología de la reciprocidad. En esos meses la UPAEP vislumbró más claramente la exigencia de  iniciar un “Proyecto de Reciprocidad basada en la Carta de Puebla” que se dedicara tanto a la investigación sobre la relación entre el hombre y la mujer como  también a promover la reciprocidad directamente a través de programas de intervención social. Así el Dr. Ignacio Ruiz Velasco asumió la responsabilidad del proyecto y fui nombrada Coordinadora General del mismo. Verónica Toller, periodista argentina, también ponente en el Congreso fue llamada a ser la Coordinadora de comunicación.

 

 

Este proyecto tiene tanto la línea de investigación y de intervención. En la línea de investigación este libro quiere ser uno de los muchos que vendrán.

 

A veces un autor llama a los demás a comprender lo que lee, pero en el fondo somos nosotros los que escribimos para comprender. Todo escrito mio ha partido de una duda, de un cuestionamiento, de un problema sin resolver, por lo tanto no me considero el gurú del amor y de las relaciones de amor, sino justamente en la vivencia y en la experiencia de esta hermosa dimensión es que voy reflexionando y buscando.

 

Como podrán ver mi libro está dividido en dos grandes partes. Los fundamentos antropológicos y la antropología del amor. La primera parte del libro habla de los fundamentos antropológicos que sostendrán esta propuesta de la reciprocidad. Cuando estudié las distintas corrientes filosóficas me impresionó mucho la filosofía personalista. Definitivamente leer a Wojtyla, Scheler, Buber, Laín Entralgo, Romano Guardini, Edith Stein generaron en mi una identificación inmediata.

 

El principio hermenéutico que va a guiar todo nuestro estudio, es la centralidad de la persona. Cuando hablamos de centralidad no nos referimos solo al hecho de una sensibilidad particular frente a la dignidad del ser humano, sus derechos y su importancia. Hacemos referencia a aquella corriente filosófica personalista que no solo se concentra en la persona humana sino que le concede una importancia estructural desde la cual se aproxima a toda la realidad. Para comprender mejor esta aproximación pensemos cómo en la filosofía griega el cosmos era el centro desde el cual se hacía la filosofía y el hombre era parte de ese cosmos. En el personalismo, se parte de la persona para comprender el mundo, el cosmos y toda la realidad creada. Y creo que en un mundo que no conoce a Dios, o se delcara incapaz de conocerlo, el personalismo abre la puerta a comprender que esos deseos infinitos del ser humano no es otra cosa sino un dinamismo qu eapunta a la trascendencia del hombre.

Históricamente, el movimiento personalista -que tiene raíces antiguas en el pensamiento cristiano - se difundió en el 900 y se consolidó en varias naciones de Europa, especialmente en Italia y en Francia, donde Emmanuel Mounier (1905-1950) fundó la revista francesa Esprit en 1932[1]. El personalismo surgió como respuesta y reacción frente al marxismo colectivista y al existencialismo. El primero promulgaba que el problema de la sociedad se encontraba en las estructuras, ante lo cual, el personalismo puso al centro el valor de la persona y su opción libre por encima de las estructuras y dinamismos colectivos. Y frente al existencialismo, con su marcado individualismo y pesimismo nihilista, el personalismo acentuó la dimensión comunitaria y la esperanza en la trascendencia del hombre.

 

Algo que caracteriza al personalismo , a pesar de la diversidad de autores y perspectiva es la realidad personal. Para el personalismo Lo personal es lo último de la realidad. El personalismo distingue claramente entre la persona y las cosas y busca explicarla con sus categorías propias y no tematizarla con definiciones utilizadas para las cosas o los animales. La diferencia entre las personas y los animales o cosas no es solo una diferencia cuantitativa sino esencial. Reacciona así contra una visión cosmológica donde se reduce al hombre al mundo natural. El personalismo afirma a la persona como “alguien” y a las cosas como “algo”.

 

4. La dimensión dialógica es fundamental. Es en las relaciones interpersonales, en el diálogo entre el yo y el tú donde se revela un poco más la identidad del ser humano. Es en el encuentro con el otro donde uno va haciéndose a sí mismo. Es en la mirada del otro donde decubrimos quiénes somos. Podemos hacer referencia a la filosofía dialógica de Martin Buber: «Cuando estoy ante un ser humano como un tú mío le digo la palabra básica yo-tú, él no es una cosa entre cosas ni se compone de cosas. Este ser humano no es él o Ella, limitado por otro él o Ella, un punto registrado en al red cósmica del espacio y del tiempo; tampoco es una peculiaridad, un haz experimentable, descriptible, poroso, de cualidades definidas, sino que, aun sin vecinos y sin conexiones, es Tú y llena el orbe. No es que nada exista fuera de él: pero todo lo demás vive en su luz»[2]. El ser humano para Buber es un ser en relación y es solo en la relación yo-tú que el ser humano vive en autenticidad.

 

Cuando uso el término persona, hago referencia, implícita y explícitamente, a una totalidad orgánica, integral y no divisible, que solo por motivos heurísticos se puede analizar como un objeto, separando las partes que lo componen. Si se quiere sintonizar con el ser viviente es necesario aprehender la unidad, comprender la inextricable unidad entre naturaleza y cultura, materia y espíritu, unicidad y universalidad, “el volumen total del hombre” (Mounier).

 

El personalismo, desde sus inicios, se apoya en la antropología moderna, según la cual cada uno es un todo: es un cuerpo (ni siquiera se podría pensar sin un cuerpo) pero no solo es un cuerpo; es sexuado, pero no solo es aquel sexo, es limitado pero en grado de abrirse más allá de lo finito. La dinámica de la reciprocidad supone el hecho de ser ontológicamente unidos al cuerpo y, además, capaces de trascender el dato bio-psíquico, sea el ser hombre o mujer, biológicamente y psíquicamente constituido en una identidad de género específica pero, al mismo tiempo, de sentirse persona en grado de trascender la propia sexualidad y realzarse hacia lo universal. La persona, por estos contrastes que la distinguen, escapa a las definiciones racionales y, como consecuencia, el personalismo contrasta la exaltación iluminista de una razón elevada a medida del hombre, que ha tenido parte en la definición del ser humano como “varón, adulto, civilizado”. El camino que ha conducido a la desentronización de la razón está marcado en el novecento por los “maestros de la sospecha” (Marx, Freud, Nietzsche).

 

En la cultura del novecento, es justamente el fracaso de la razón lo que demuestra que no tenemos ninguna posibilidad de dominar a la historia, que no poseemos una mirada alta, más allá de nosotros mismos, que nos consienta de encasillar el particular en un todo sistémico. Estamos obligados a cambiar el patrón en los procesos de conocimiento cuando ponemos al centro al otro, no para renegar de las vías de la razón sino para integrarlas en aquellas del amor. Como decía Newman: hace falta una razón no racionalista, sino una razón que pase por el corazón y que lo mueva interiormente.

 

Si me detengo en la segunda parte del libro en la antropología del amor es porque comprende esta palabra no solo en su dimensión afectiva-sentimental y menos aún solo en aquella instintiva de la libido, sino más bien, porque ve en ella la unificación de los múltiples componentes de la persona, que incluyen entre otros la intuición empática, la simpatía, y el estupor por el otro acogido como don (el encanto y el canto de Adán). Que creo que también son elementos cogntivos fundamentales en nuestra búsqueda d ela verdad.

 

Por una parte los límites de la razón, y por otra, el rol que juega la fantasía, la afectividad, la intuición, que lleva a sintonizar el amor con modelos nuevos y a valorar formas diversas y flexibles de aproximación a la  verdad y de lenguajes para expresarla.

 

La debilidad del pensamiento en la cultura post-moderna desplaza la atención de los sistemas (de la ética, de la razón, de la historia, de la religión). ¿Cómo hablarle y aproximarnos a un joven o a un adulto agnóstico que no cree más en Dios o en la capacidad de conocerlo, que ha crecido con un relativismo imperante, que duda de la capacidad de llegar a la verdad, que el bombardeo de la información hace débil su propia postura. Es un cambio de aproximación desde los sistemas hacia las personas. Mi intento es abrir a la persona a la dimensión existencial, profunda y convincente del amor. Las palabras y las ideologías en las que muchas veces los cristianos caemos para defender nuestras posturas creo que no funcionan más y me interesa abrirme a la dimensión poética de la experiencia, a la fuerza del amor, que teje relaciones de unidad ahí donde la razón se detiene en el análisis de la diferencia y en las contraposiciones.

 

Cuando hablamos de corazón estamos entendiendo el núcleo de los afectos. Dietrich von Hildebrand ha señalado cómo en la historia de la filosofía los afectos y el corazón han sido considerados como la cenicienta en los estudios antropológicos: «cuando leemos algún escrito filosófico sobre el corazón y la esfera afectiva, nos encontramos con un panorama completamente distinto. Se nos presenta a este centro del hombre como algo menos serio, profundo e importante que el intelecto o la voluntad. Nos enfrentamos aquí con un ejemplo drástico de los peligros del abstraccionismo, es decir, el peligro de construir teorías sobre la realidad sin consultar a la realidad. Se trata de un planteamiento filosófico inevitablemente incapaz de hacer justicia a la realidad»[3]. Efectivamente, «el corazón, de hecho, no ha tenido un lugar propio en la filosofía. Mientras que el entendimiento y la voluntad han sido objeto de análisis e investigación, el fenómeno del corazón ha sido repetidamente postergado»[4].

Recordemos que Aristóteles afirmaba que el entendimiento y la voluntad pertencían a la esfera racional del hombre mientras los afectos, para él, pertenecían a la parte irracional, más cerca a la experiencia de los animales.     

 

En las relaciones de pareja, como en aquellas sociales y aquellas entre los Estados, la lógica de la sobreabundancia del amor interviene para desbaratar la lógica más racional de la equivalencia y la justicia. Es verdad que la una no tiene el derecho de suplantar la otra, ya que sin la equivalencia que regula la justicia, el amor se arriesga a caer en una prodigalidad incipiente, pero en la vida concreta, el amor es más fuerte que la justicia como motor de la esperanza en la historia.

 

            Frente a los feminismos de diversa índole y frente a los machismos aún en boga, he querido ofrecer esta propuesta de la “reciprocidad” que habla de una relación basada en la igualdad y en la diferencia entre el hombre y el varón y que no se refiere a un intercambio por intereses personales, sino que brota de la llamada del hombre y la mujer a la comunión y al amor. La “reciprocidad” es un movimiento dinámico que respeta la unicidad de la persona y que busca una unión que no es simbiótica ni anula ninguna de las dos partes. Es una reciprocidad donde en el encuentro con el “tú” el yo se revela: «Una reciprocidad que implica que cada quien enriquezca al otro con sus propias características, acentos y cualidades y donde la unión de ambos es más que la suma de las partes. La reciprocidad genera una nueva realidad que es el “nosotros” y que supera el yo y el tú».

 

En esta obra, me he centrado en la relación hombre y mujer como pareja y, en particular, en la etapa del noviazgo y enamoramiento, aunque se dan claves que pueden servir también a la vida matrimonial. Aún así, creo que se trata de un modelo que se ha de aplicar no solamente a las relaciones de pareja o a la familia sino que se puede utilizar para toda institución social, para las empresas y en toda dinámica donde estén en juego las relaciones humanas.

 

¿QUé ES LO FEMENINO Y LO MASCULINO?

 

Por un lado, es cierto que antes eran los roles culturales los que determinaban qué era lo femenino y qué era lo masculino y desgraciadamente estos roles minusvaloraban el papel de la mujer. Ella debía cocinar, prepararse para ser ama de casa, bordar, realizar las tareas domésticas y el futuro cuidado de los hijos. El varón era el que debía trabajar, sostener económicamente a la familia, ser la cabeza de esta, ejercer la autoridad y tener acceso a la vida pública, cultural e intelectual de la sociedad.

 

Los roles eran rígidos y no permitían a la mujer entrar en los distintos ámbitos de la sociedad y responder al llamado de Dios que invitó a ambos a ayudarse recíprocamente, formar una familia y dominar la tierra. Es real que lo femenino o masculino no puede determinar las capacidades humanas de manera radical. Por lo tanto, hay que ser flexibles en los cambios culturales tomando como consideración una base real en la naturaleza sexuada que defiende la diferencia entre el hombre y la mujer.

 

Las diferencias psicológicas no se pueden basar en los roles. Tampoco creo que se deban basar en las facultades. Antes era reductivo señalar que el hombre era racional, mientras la mujer era la emotiva. Ahora sabemos que ambos, mujeres y hombres, somos racionales y emotivos, cada uno a su manera pero con ambas facultades.

 

Creo que a las diferencias las podemos ubicar tomando como base la naturaleza sexuada que prepara a la mujer a ser madre y al varón a ser padre: estas características tienen sus repercusiones en la psicología de ambos. Aun si una mujer no llegara a la maternidad física o un varón no llegara a la paternidad física, todo su ser está orientado a esta dimensión de la vida. Si bien no podemos señalar con claridad los límites netos y distintos entre la naturaleza y la cultura, y el influjo que ejercen en los roles del hombre y la mujer, un dato natural que salta a la vista es que la maternidad pertenece a la mujer y la paternidad al varón. Y si bien se ha reflexionado mucho sobre la maternidad creo que aún falta hacerlo sobre la paternidad del hombre. Es cierto que la labor de la mujer en los primeros años de la maternidad es fundamental e insustituible. Sin embargo, considero que muchas veces, por exaltar a la mujer, se ha hablado de su maternidad como algo que la caracteriza y es algo ontológico, pero no se habla lo suficiente de la paternidad como una realidad también ontológica, en este caso en el hombre. Y creo sinceramente que este es un vacío en la reflexión. Es cierto, antes los que hablaban y filosofaban sobre lo femenino eran los hombres. Luego, las mujeres hemos hablado sobre nosotras mismas. Y hemos afirmado tanto nuestra identidad sin un diálogo abierto con el otro contraste, que es el lado masculino, que nos hemos olvidado de hablarles a los hombres de quiénes son ellos. Se dice que hoy en día, debido a las reivindicaciones femeninas, el hombre no sabe ya más quién es y tiene un problema de identidad. Uno se conoce en el encuentro con el otro, y con el otro diferente. Había esa gran máxima que proclamaba que “detrás de un gran hombre hay siempre una gran mujer”. Y creo que el problema es que la mujer no dice más al hombre quién es él y cómo debe ser. Justamente, es la maternidad de la mujer la que lleva a descubrir al padre que es padre, es la misma maternidad de cualquier mujer que lleva al hombre a descubrirle quién es él. Es a través de la madre que el hombre se descubre padre. Era la mujer quien con sabiduría lo llevaba a esta dimensión más profunda de lo masculino. La mujer es aquella que debe exigirle al hombre los valores que éste puede ofrecer: seguridad, protección, cierta distancia afectiva como padre que a veces a las madres cuesta tanto. Y es el mismo hombre que tiene la responsabilidad de reflexionar sobre su propia identidad.

 

Sin embargo, con la conciencia de que las diferencias no son radicales y exclusivas, sí podemos afirmar ciertas tendencias en lo femenino y tendencias en lo maculino que han sido profundizadas por Giulia Di Nicola y Attilio Danese, hablando a dos voces[5].

   

Características que resaltan en lo femenino:

-       El cuerpo de la mujer que se prepara para la maternidad la lleva a tener una tendencia mayor a proteger la vida.

-       Frente a la lógica del mundo en donde domina una sociedad de la eficiencia, del propio interés, de la búsqueda del bienestar y del poder, la mujer no puede perder el carisma que brota de su maternidad, el carisma de ver lo esencial y preocuparse por la persona concreta.

-       La mujer tiene una sensibilidad particular para dar un espacio al otro, valorar y sacar lo mejor de los otros; pone muchas veces por encima de sus propios intereses el bien de la otra persona. Está muy atenta a las relaciones humanas y familiares.

-       Tiene una tendencia, además, a proteger a los indefensos y desprotegidos. Como afirmaba Paola Bignardi: la mujer debe testimoniar la primacía de la persona, pues ella vive el valor de las relaciones interpersonales y la importancia del ser sobre el tener. Ser mujer para  Bignardi es aceptar ser testimonio de esos valores grandes que no son los vencedores.[6]

-       No cabe duda de que los cambios hormonales en la mujer, como la menstruación, la llevan a saber lidiar mejor con el mundo emocional y con la inestabilidad que estos mismos cambios producen. El dolor del parto sumado a estos continuos malestares preparan a la mujer a una fortaleza interior mayor frente al dolor físico o espiritual.

 

Características que resaltan en lo masculino:

-       Lo masculino conlleva la característica de la seguridad, de dar protección a la mujer y a los hijos. Esta paternidad no solo se ha de ejercer cuando uno es padre biológicamente sino que el varón tiene la misión de ofrecer seguridad en sus relaciones humanas.

-       La paternidad incluye también cierta distancia afectiva que le permite lanzar al otro hacia la independencia, la conquista y la proyección al futuro. Sin embargo, no se trata de una visión de padre lejano y poco tierno, que casi no tiene contacto con sus hijos. Hoy estamos ante un cambio en la figura masculina en la que interviene y expresa sin mayor problema sus afectos y emociones a sus hijos. Ya no es el padre autoritario, que solo trabajaba y que no tenía relación directa afectiva y educativa con sus hijos. Pero está claro que en los primeros años, la madre y el hijo forman una relación simbiótica fundamental que llena de afecto y ternura al hijo, y será el padre quien ayudará a lograr la distancia necesaria de la madre para que el hijo afirme su propia individualidad. Mientras la mujer tiende a las relaciones humanas, el varón afirma el yo y sus propias capacidades. Por lo tanto, todo varón ha de ser promotor de todo ser humano, impulsándolo y animándolo hacia la búsqueda de su realización y despliegue en el mundo.

-       Por esta distancia afectiva con el hijo, la paternidad y virilidad en el hombre lo lleva a la aventura, al riesgo y a la curiosidad, sin tener miedo a enfrentarse al reto.

-       Justamente porque su paternidad la vive desde cierta distancia, lo masculino tiende a la asertividad como una de sus características, a una confianza en sus capacidades y cualidades.

 

           Añadiría otros elementos que me parecen también diferenciales en la psicología del varón y de la mujer, variando enormemente de varón a varón y de mujer a mujer.

-       El varón necesita menos comunicación que la mujer. La mujer frente a un problema suele sentir la necesidad de comunicarlo a los demás para encontrar un feedback y una respuesta afectiva. El varón tiende por su asertividad a comunicar menos sus problemas y a tratar de resolverlos por sí mismo.

-       Lo masculino se orienta a ser más práctico y a buscar soluciones a los problemas más que a descargarlos emocionalmente.

-       Justamente porque la intercomunicación del cerebro izquierdo y derecho en el varón no es tan fluida como en la mujer, y ella maneja mejor el mundo emocional invadiendo muchas veces todas las dimensiones con él, el varón tiende a lograr separar bien los ámbitos de su vida sin mezclar sus emociones en los distintos compartimientos: trabajo, familia, deporte, amigos, aficiones.

-       El varón suele también estar más volcado hacia la proyección hacia fuera y a no tener tanta capacidad para lo concreto y el detalle pues está volcado más hacia el horizonte que se le presenta para conquistar.

 

Quizás en todos los movimientos del alma, en todas las acciones, la persona busca sentirse querida y es feliz  si experimenta el amor. Es una dimensión que da paz al corazón solitario y que llena de brío la oscuridad de la existencia. El amor genera seguridad interior, pues como diría Gabriel Marcel, querer a alguien es como decirle: “es bueno que tú existas”. Y creo que el mayor temor del ser humano es caer en el anonimato, es no sentir que alguien te conoce dentro, sabe de tus angustias, de tus sueños, de tus hábitos, de tus expresiones, de tus gustos y habilidades… y te acepta tal cual eres. La aceptación amorosa es la sensación de estar en las manos del otro y percibirse cuidado y protegido por un tierno cariño humano.

 

El hombre no existe en abstracto. Existe siempre como modo masculino o modo femenino. Cornelio Fabro afirma que nacer hombre o mujer no es un hecho indiferente para la existencia del individuo ni una realidad circunstancial, sino que trae consigo una condición de ser[7]. La sexualidad caracteriza al hombre y a la mujer no solo sobre el plano físico, sino también psicológico y espiritual.

 

Ningún hombre (o ninguna mujer) puede por sí mismo ser una persona de manera total, siempre tiene delante de sí un modo de ser que para él es inaccesible. Por ello, en la relación varón-mujer podemos comprender el carácter contingente de la creatura humana: el yo tiene necesidad del otro, depende del otro para llegar a la plenitud. El yo “percibe” una carencia que lo hace “salir de sí mismo”. En este marco, se inserta la reflexión sobre el principio de la ayuda, que no es unilateral sino recíproca.

Scola resalta la importancia de esta dimensión originaria inscrita en la naturaleza humana que es una naturaleza sexuada en dos modos, el modo masculino y femenino: «La sexualidad es una dimensión originaria. No se puede hacer una antropología y prescindir de la naturaleza sexuada del hombre. Si la diferencia sexual no fuese esencial, la sexualidad no tendría consecuencias en la relación con el otro»[8].

Entonces, la antropología de la reciprocidad considera como fundante esta verdad de la naturaleza humana que se presenta en dos modalidades, como varón y como mujer. Y es sobre esta uni-dualidad que se plantea el modelo de una relacionalidad enriquecedora para ambos.

Estoy convencida de que los distintos feminismos no han terminado por responder y hacer más felices y plenas a las mujeres: Los que han proclamado y fomentado radicalmente el derecho de la mujer frente a su cuerpo y el derecho al aborto; la propuesta de una masculinización de la mujer o una oposición a lo masculino; la perspectiva que ha propugnado la exaltación de lo femenino en una perspectiva ecológica que asocia a la mujer con la tierra, la naturaleza, a la dimensión mística en desmedro de la dimensión masculina. Vuelvo a preguntarme: ¿estas radicalizaciones excesivas que no han considerado la otra parte de la humanidad, ni buscado una integridad con ella no han terminado por ser reductivas y por tanto incapaces de lograr que la mujer sea más ella misma, más feliz y realizada como persona en una vinculación fundamental como es aquella con la del otro sexo?

 

        Hemos pasado por feminismos de distinta índole, por algunas reivindicaciones necesarias de los derechos de la mujer, otros  marcados fuertemente ya sea por la ideología liberal o la marxista, propuestas conflictivas en las relaciones de varón y mujer, polarización del debate en torno a la mujer, y creemos que es importante una visión que, tomando lo mejor de la reflexión que hasta ahora se ha realizado, pueda analizar no solo el tema de la mujer sino también el tema del varón y la relación de ambos.

 



[1] Attilio Danese, El problema antropológico: el personalismo de Emmanuel Mounier, Ladolfi, Borgomanero 2012.  

[2] Martín Buber, Yo y tú, trad. de Carlos Díaz, Caparrós Editores, Madrid, 19922, 11.

[3] Dietrich von Hildebrand, El corazón, Biblioteca Palabra, Madrid, 20055, 26.

[4] Ibidem.

[5] Cfr. Giulia Paola Di Nicola – Attilio Danese, “Hombre y mujer, creados el uno para el otro” en: Mujer y varón: la totalidad del humanum. A veinte años de la Carta apostólica Mulieris Dignitatem (1988-2008). Congreso Internacional (Roma, 7-9 de febrero de 2008), Ciudad del Vaticano 2010.

[6] Cfr. Paola Bignardi, “Responsabilidad y participación de la mujer en la edificiación de la Iglesia y la sociedad” en: Mujer y varón: la totalidad del humanum. A veinte años de la Carta apostólica Mulieris Dignitatem (1988-2008). Congreso Internacional (Roma, 7-9 de febrero de 2008), Ciudad del Vaticano 2010.

[7] Cfr. Cornelio Fabro, Problemi dell’ esistenzialismo, Editrice A.V.E., Roma, 1945, 87.

[8] Angelo Scola, “Fundamentos antropológicos y teológicos de la dignidad y misión de la mujer en el magisterio de Juan Pablo II”, Laicos Hoy, 40, Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 1997, 56.

29/07/2013