Ish-á. Proyecto de Reciprocidad

 

Contacto | Enlaces de Interés | Políticas de Privacidad | Mapa del Sitio
 
Buscar:
Facebook Correo
Inicio | Noticias | Cursos | Artículos de interés | Agenda | Colaboradores | Alianzas Estratégicas | Comité Científico | Historia

 

Basta De ¡llame Ya!: Elogio De La Lentitud



 

Verónica Toller

En el vademécum de nuevas enfermedades gestadas por esta vida de locos que llevamos, figura el “Síndrome de la Felicidad Aplazada”. Dicen los expertos que la padece el 40% de los trabajadores en la actualidad. Y que lo que queda aplazado, en realidad, es la vida. Un movimiento mundial propone como alternativa el “Slow Down”.

Un sentimiento de angustia domina al hombre y a la mujer contemporáneos. Las obligaciones nos sobrepasan; no llegamos a cumplir con todo lo comprometido y nunca es posible permitirse una distracción, una gratificación: vivimos postergando para un futuro que nunca llega.

Correr. Cumplir con los horarios. Llegar antes. Correr. Ser competitivo. Demostrar eficiencia. Actualizarse. Correr. Comer rápidamente. Recibirse en menos años. Correr, correr… Somos una pequeña pieza del gran engranaje, diría Chaplin. Apenas sobrevivientes.

Y los días van pasando, los años siguen a los días y la vida empieza a resumirse en eso: solo correr. Ser efectivo. Matarse por conservar el o los trabajos, evitar que nos despidan, dejar el descanso, la distracción, las gratificaciones para después. Ya habrá tiempo en el futuro. Ya lo haremos…, mañana…, pasado…, el año entrante…

La felicidad aplazada

Porque no hay tiempo, solo cansancio. Y hay que volver a correr. La receta de la vida actual es esa, desde hace mucho tiempo. Parte de la misma mentalidad que nos lleva a optar por los descartables, la comida rápida, los diálogos deprisa, las relaciones intercambiables.  

Y se termina la semana, el mes, el año, y miramos hacia atrás y preguntamos “qué pasó, dónde está mi tiempo, qué hice con él que no hice nada de lo que realmente esperaba”. La fórmula del éxito es 24 x 365. Llegar primero, antes que los otros, y acumular mejor. El lento es el perdedor. Ya no hay fiestas de guardar, no hay charlas amenas en la sobremesa ni encuentros al rescoldo de la tibieza que genera el saber cultivar los corazones. 

Nos hemos ido quedando con el nerviosismo permanente, la depresión, el individualismo, la pérdida de relaciones de amistad o familiares, el autismo. Condicionados a rendir al máximo y a no descuidarnos ni un tranco en medio de una competencia devoradora: “cuidado, que atrás tuyo hay una cola de 50 esperando tu puesto”. Muchos hemos oído esos consejos sabios… que, sin embargo, nos van dejando sin savia, sin saber, sin sabor. Sin sabiduría. Porque sabio no es el que más instrucción acumula sino el que mejor sabe de las cosas del vivir, que no son otras que las del amar, las del escuchar, las del comprender, las del encuentro, el perdón, la serenidad, la mirada multiplicada por dos. Esa sabiduría/savia/saber/sabor del alma que nos rescata. “El secreto de la existencia – dijo Dostoyevsky - no consiste solamente en vivir, sino también en saber para qué se vive”.

Claro: no sale gratis

Poder sentir a qué sabe la vida exige dejar de correr siempre detrás de cuántas cosas y empezar a vivir el hoy. Sin desdeñar la planificación, la responsabilidad por el mañana; al contrario. Como bien lo escribió una vez Santiago Kovadloff: “nuestra misión como seres humanos no es durar ni perdurar, sino vivir para algo mejor que el futuro, para algo más riesgoso y esencial que el futuro, y ese algo es el presente. Vivir para el presente no equivale a vivir para la idolatría del instante ni para la inmediata actualidad, sino empeñados en hacernos presentes, en tratar de ser más reales allí donde nos encontramos, en intentar un protagonismo efectivo donde nos amenaza el protagonismo ficticio impuesto por las formalidades sin sustancia, los convencionalismos que todo lo envenenan con su sonrisa de maqueta y su solemnidad mecánica”.

Poner freno de mano y reversa, si hace falta

“Slow Down” es desaceleración. Una idea que rompe con nuestros esquemas mentales y exige formatearnos de nuevo. Pero, ¡ánimo!, que otros ya han comenzado. En Austria funciona la Sociedad para la Desaceleración del Tiempo (atender más al presente y a la cultura); en Tokio está el Sloth Club, en Estados Unidos y Canadá proponen la iniciativa Take Back Your Time contra el exceso de horas de trabajo y el ausentismo en la vida familiar y relaciones sociales.

Está el Movimiento Slow Food, que surgió en Italia 1989 tras una protesta del periodista Carlo Petrini contra la apertura de un restaurante de comida rápida. Predica el retorno a la alimentación sana, natural, tradicional, sin químicos o transgénicos; saborear los alimentos, disfrutar del momento de prepararlos, compartir la mesa en familia o con amigos, beber despacio, sentir los sabores, regalarnos calidad. El Slow Food adoptó como logo la imagen de un caracol (hoy, símbolo de todo el movimiento slow).

Las Slow Cities o Convivias –ciudades lentas; la primera apareció en Bra, en la zona del Cuneo, Italia- avanzaron más allá del tema alimenticio y se volcaron hacia una filosofía de vida. Dialogar tranquilamente, compartir una mesa, dejar de lado la prisa. Hacerse más humanos y menos engranajes. Hoy, hay ciudades lentas en más de cien países (entre ellos, Australia, Japón, Brasil, México, Líbano, coordinadas por la Slow Food Foundation for Biodiversity). Calidad urbana, cuidado del medioambiente, productos artesanales y regionales, hospitalidad, locales de comida tradicional, programas de ayuda a los más necesitados, control de ruidos, son algunas de las pautas necesarias para ser una ciudad de esta clase.

Vivir de manera sencilla. Optar por la modestia de las formas y la grandeza del pensamiento. Poner cuidado y amor en los detalles. Actitud lenta, sin perder productividad: en algunos países, el horario semanal de trabajo ha sido reducido a 35 horas o menos (ejemplo: Francia, Suecia, Alemania). Atender a la salud espiritual del trabajador redunda en una mejor calidad del producto.

En 2005, el canadiense Carl Honoré escribió “Elogio de la lentitud” y se convirtió en el gurú del movimiento. Periodista e historiador, vive actualmente en Londres y ha ayudado a difundir por el mundo la propuesta.

La fugacidad del tiempo y de la felicidad son dos ideas que nos atenazan. Slow Down es mirar más allá de lo urgente, dejar de hacer zapping, buscar un ritmo más humano para nuestras vidas. Algo de lo que Walt Whitman subrayaba: No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,/ sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños. / No te dejes vencer por el desaliento. / No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario. / Somos seres llenos de pasión. / La vida es desierto y oasis. / Nos derriba, nos lastima, nos enseña, / nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia. / Aunque el viento sople en contra, / la poderosa obra continúa: / tú puedes aportar un verso. / No dejes nunca de soñar, porque en sueños es libre el hombre. / No te resignes. / Valora la belleza de las cosas simples. / Disfruta del pánico que te provoca / tener la vida por delante. / Vívela intensamente, sin mediocridad. / No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas”.  

Hacer de nuestras vidas algo extraordinario.

 

(*) Periodista. Profesora de Letras. Directora del periódico universitario “HD”, Universidad Austral. Profesora invitada por la Universidad UPAEP de Puebla, México. Entrenadora in company de Oratoria, Redacción y Comunicación Efectiva. Coordinadora de Vinculación y Comunicación del Proyecto de Reciprocidad varón-mujer en la UPAEP. Autora de “Daños Colaterales. Papeleras, contaminación y resistencia en el Río Uruguay”. @veronicatoller  - Este artículo fue publicado originalmente en www.gualeguaychuenfoco.com.ar

27/11/2012